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La guerra del fútbol

12

Estaba solo en medio de una ciudad extraña, para mí completamente desconocida a la que no veía y como que si hubiera desaparecido debajo de la tierra. El silencio era espantoso, la ciudad estaba callada como por encanto, ninguna una voz en ninguna parte, ni un sonido. Yo avanzaba como un ciego agarrándome de las paredes, vallas y rejas de las vitrinas. Como noté que mis pasos hacían mucho ruido empecé a caminar de puntillas. De repente sentí que la pared se había terminado, yo debería haber llegado a una calle transversal, o ¿sería una plaza? ¿O estaría al borde de un abismo? Tanteé el terreno con el zapato. ¡Asfalto! Estaba en una calle.

13

La pasé y me agarré nuevamente de una pared. No tenía ni idea de dónde estaba el correo o el hotel, estaba perdido pero seguía andando igual. De repente se escuchó un fuerte ruido, yo sentí que perdía el balance y me caí en el andén.

Había tropezado con un tacho de basura.

La calle tenía que tener una inclinación que empezaba justamente allí porque el tacho se fue rodando con un ruido ensordecedor. En este momento escuché las ventanas abriéndose alrededor mío y susurros histéricos y asustados: “¡Silenssio! ¡Silenssio! La ciudad quería que el mundo exterior se olvidara de ella aquella noche, quería hundirse en la oscuridad y el silencio y se defendía ahora para no ser descubierta. A medida que rodaba el tacho vacío calle abajo, más ventanas se abrían y las voces susurrantes algunas veces suplicantes y otras furiosas: “¡Silenssio! ¡Silenssio!” Pero era imposible parar al monstruo de latón que avanzaba retumbando por las calles muertas como un poseso, traqueteando contra las piedras, chocando contra los postes de la luz y resonando como un trueno. Yo me apretujé contra el andén. Acostado y asustado empecé a sudar. Tenía miedo de que empezaran a dispararme. Yo había traicionado a la ciudad. El enemigo podía haber escuchado el estruendo del tacho de basura y establecer la posición de Tegucigalpa, porque de otra manera no había forma de encontrar la ciudad en la oscuridad y el silencio. Solamente me quedaba una salida – huir lo más rápido y lejos posible. Me levanté y salí corriendo. La cabeza me dolía, al caerme me había golpeado duro contra el andén. Corrí como loco hasta que me estrellé contra algo y me caí de bruces y sentí el sabor de sangre en la boca. ...

14

Al amanecer me encontró una patrulla militar.

“Tonto” dijo un sargento soñoliento”¿y qué hacía de noche por fuera de la casa en mitad de la guerra?”

Me miraron con desconfianza y querían llevarme a la estación de policía. Por suerte llevaba mis documentos de identificación y pude contarles lo que había pasado. Me siguieron al hotel. Por el camino me dijo el sargento que los combates habían continuado a lo largo del frente durante toda la noche, pero que el frente estaba lejos y los disparos no se alcanzaban a escuchar en Tegucigalpa.